TORMENTA
Domingo por la tarde.
Estoy tumbada en el sofá leyendo Las almas muertas de Gógol. De repente, la luz se oscurece, las cortinas revolotean como fantasmas. Me incorporo y me asomo al balcón. En el paseo escoltado por palmeras, reina la paz absoluta. Dos abuelos sentados en un banco charlan tranquilamente. Al fondo, los niños juegan en el parque mientras los padres hablan unos con otros. Una pareja de ciclistas parecen regresar de su ruta, bajo mi balcón pasa una familia con tres niños, el padre a la cabeza dice: no va a llover, creed en mí que no va a caer ni una gota.
Sonrió y me siento a esperar como lo haría alguien en una sala de conciertos, mientras se oye de fondo el ruido de los instrumentos calentándose.
Un trueno terrible. Se abre el telón y una ola inmensa se precipita sobre el paseo mientras en mi cabeza suena la Cabalgata de las Valkirias de Wagner. Los abuelos se levantan y renqueando, atraviesan como pueden el paso de cebra, los niños y padres se dispersan a la carrera como hormigas, y la familia, con el padre a la cabeza, tuercen la esquina corriendo.
Cierro los ojos, exhalo y dejo que el petricor refresque mis pulmones.
Qué maravilloso aroma y que espectáculo que es la vida!!
Yo quiero una tormenta así... cada día si puede ser.
ResponderEliminarBesos.
Qué buenas son las tormentas, eee?
ResponderEliminarBesos